Protestas en Chile 2019

América Latina 2019: Crisis de las democracias en sociedades fracturadas

Por Javier Contreras Alcántara

¿En este 2019 es la democracia en América Latina la que está en crisis o es la que permite visibilizar las fracturas de nuestras sociedades y sus propias crisis en nuestras democracias? Presentamos 10 reflexiones sobre las democracias latinoamericanas para ayudar a comprender lo que está sucediendo actualmente.

Vivimos días agitados en América Latina pues una vez más, en este 2019, han entrado en crisis las democracias latinoamericanas. Movilizaciones de protesta en Ecuador, Chile, Haití, cuyo componente central se vincula principalmente con el modelo económico que se ha seguido en estos países y el orden social generado a partir de éste.

A su vez, las elecciones en Argentina pusieron en juego cierta polarización social que no sólo consistía en lo político sino también tenía componentes de clase. Las movilizaciones en Bolivia tras el dudoso triunfo de Evo Morales en primera vuelta, con manipulaciones confirmadas por la OEA, y la “sugerencia” del Ejercito para que éste renunciara,  han llevado a la dimisión de éste, su vicepresidente y varias figuras importantes del MAS, pero en el medio se han desatado manifestaciones clasistas, racistas y de violencia contra el otro tras un discurso de defensa de la democracia por ambas partes. ¿Cómo interpretar todas estas circunstancias?

En América Latina, los procesos de cambio político, de transición en los 80’s y 90’s, no nos llevaron al modelo ideal de la democracia, nos llevaron a lo que fue posible dadas las circunstancias, los actores, y las aspiraciones del momento. Y lo que fue posible dio lugar, en algunos casos, a algo más cercano a la democracia o bien, en muchos otros, a esa “alguna otra cosa” de la que advertían O`Donnell y Schmitter en el clásico trabajo de Transiciones desde un gobierno autoritario (1994:15), a esa sucesión de gobiernos bajo elecciones regulares, pero sin institucionalización del poder, sin una cultura política liberal que sostuviera a la democracia y sin modificación de las relaciones económicas o sociales de los regímenes previos que hiciera más justas y solidarias a las sociedades, lo que explica las actuales condiciones paradójicas, contradictorias, híbridas o autoritarias de nuestros regímenes políticos.

Pero si bien todo ello es verdad, asumir que nuestros regímenes políticos se encontraban consolidados y actualmente están en proceso de desdemocratización, o que hay en marcha una regresión autoritaria, es perder la perspectiva de que los cambios son graduales y toman largos periodos para concretarse, es perder de vista que no hay camino trazado entre la disolución de régimen autoritario y la democracia, que la cultura política tampoco cambia de inmediato, que existen las adaptaciones y las mutaciones, que las reglas del juego se construyen en el día a día en la disputa por construir una serie de relaciones sociales, económicas y políticas que ordenen a las sociedades.

Es perder de vista que la democracia incorpora también a actores que no están dispuestos ni convencidos de que ésta sea la mejor opción para sus intereses y el orden social que desean, pero que pueden entrar al juego y hacer uso de las reglas para hacerse del gobierno y del Estado, avanzando en sus proyectos aprovechando el descontento que puede haber por los gobiernos formados bajo el régimen democrático electoral (Mainwaring, O’Donnell y Valenzuela, 1992).

La disputa en América Latina no sólo es por la democracia sino también por la orientación o el énfasis entre libertad e igualdad y el entrelazamiento con el modelo económico a seguir (Munck 2015). Estas disputas llevan a un conflicto -a veces más abierto, a ves más oculto- entre los distintos grupos existentes al interior de cada país y que, cuando se intersecta con el ejercicio de la autoridad, inclusive se llegan a sacrificar los valores, instituciones y prácticas de la democracia liberal, dando lugar a democracias iliberales (Zakaria, 1997; Plattner, 2019), o bien, cruzando las ambigüas fronteras entre oposición leal-semileal-desleal (Linz, 1996: 52-72) e inclusive desde el gobierno elegido democráticamente se bordea peligrosamente con prácticas autoritarias, hacia el golpe de estado o el debilitamiento institucional que restituya la verdadera democracia.

Con todo esto en mente, podemos esbozar diez puntos que nos ayuden a comprender lo que está sucediendo actualmente en América Latina:

  1. Si bien hubo procesos de cambio de régimen político en los diversos países de América Latina, en algunos casos las estructuras previas (sociales, económicas e inclusive políticas) que ordenaban a las sociedades no se vieron modificadas por este cambio institucional de orden electoral y representativo.
  2. El paso de regímenes autoritarios a democracias no implicó que algunos de los actores políticos cambiaran su comportamiento y sus valores, si bien se adquirió el uso de los términos del lenguaje político democrático y se construyeron instituciones propias de las democracias, aprendieron a organizarse y a jugar con las reglas, pero mantuvieron muchas prácticas, relaciones, ambiciones de los regímenes previos que han hecho inoperantes a las nuevas instituciones.
  3. Las alianzas entre actores que permiten un cierto cambio institucional en la arena política pero que lo niegan en otras esferas, como la económica o la social, producen una tensión que puede provocar la asfixia de la población y el desencanto con la democracia, pues ésta queda como un instrumento que no logra hacer efectivos cambios en las estructuras sociales económicas -e inclusive políticas- al mantener o acrecentar la desigualdad en el orden social.
  4. La existencia de ofertas programáticas e ideológicas que en apariencia son distintas pero que han mostrado poca flexibilidad en el manejo del modelo económico, o que continúan las practicas informales que bloquean el avance democrático o la entrada de nuevos jugadores, llevan a la indistinción de opciones políticas y el estancamiento de las elites. El desfase entre partidos y sociedad es evidentemente explosivo si no existe la posibilidad de entrada y transformación del sistema con nuevos actores portadores de valores distintos que sometan a discusión los valores y estructuras vigentes.
  5. Las elites que llevaron la transición y el recorrido hacia la normalización democrática se encuentran agotadas, no encuentran respuestas a los problemas económicos y de organización social, lo que ha llevado mediante la opción electoral a buscar nuevas respuestas y actores -de derecha o de izquierda-, sin embargo, las opciones políticas exploradas tampoco fueron capaces de dar respuestas y, por el contrario, agravaron la situación.
  6. Los liderazgos emergentes, como el de Evo Morales en Bolivia e inclusive el de Hugo Chávez al inicio de su gobierno, en su apuesta por fortalecer su liderazgo personal en lugar de avanzar hacia la institucionalidad del movimiento y del mismo Estado, tensionaron la institucionalidad democrática y la polarización social a tal punto que se han puesto en riesgo de pérdida a una opción política relevante por su origen, las reivindicaciones que posibilitaron y las políticas exitosas.
  7. El ejército sigue siendo un actor relevante en la región, tiene su propia cultura y valores que, haciendo uso del discurso de la democracia, puede llevarlos a una intervención clave en la vida política, al salir a las calles a reprimir o al salir al espacio público a “sugerir” acciones y decisiones, lo que equivale en ambos casos a poner en riesgo a los gobiernos constitucionales.
  8. Si bien la democracia en América Latina logró instalarse como procedimiento para dictar el acceso y cambio de la titularidad del poder político, no fue potenciada como una vía para alcanzar un ordenamiento social más justo. Así, la democracia realmente existente en muchos de los países de la región se encuentra en crisis al no poder dar respuesta a los problemas contemporáneos que enfrenta, problemas que, se debe reconocer, no son muy diferentes de los que enfrentaban en el momento de su instauración.
  9. Las brechas sociales y económicas existentes al inicio de las formaciones nacionales perduraron y moldearon a los sistemas políticos y sus dinámicas. Así, la democracia electoral ha sido utilizada para mantener las diferencias raciales, la desigualdad económica y de género en los países de la región.
  10. Debe quedar claro que esto no significa un fracaso de la democracia, pues precisamente es esta como un punto ideal de comparación la que nos permite distinguir la brecha existente con las realidades que vivimos. No es que la democracia en América Latina esté caducada o agotada, por el contrario, son las ausencias, las carencias, con respecto al modelo las que están apareciendo y nos urgen al cambio.

El error en el que hemos caído es que confundimos a la democracia electoral con el cambio inmediato hacia realidades más justas, equitativas, solidarias y prósperas, cuando esta era solamente una herramienta para hacer posible la discusión y ejecución de acciones consensadas para ello. Se confundió el medio con el fin. Pero esta es sólo una parte de las crisis de las democracias que han estallado en 2019 en América Latina.

Por otra parte, no debemos confundir tampoco el problema de cómo elegimos -procedimiento- y bajo qué contexto -libertad o restricción-, con a quién elegimos -contenido ideológico y valorativo-.  Y esta es la otra parte de las crisis de las democracias en America Latina en 2019: las fracturas que hoy son visibles en nuestros países, en gran medida gracias a las elecciones altamente competitivas, no surgieron con la democracia, se hicieron visibles por ésta, en gran medida ya estaban ahí en las sociedades latinoamericanas antes de que se transitara a la democracia en los 80’s y 90’s del siglo XX y es lo que define las propuestas programáticas -explícitas o implícitas- de los partidos y/o sus candidatos.

Para recomponer el camino creo que es necesario hacer el punto de partida más justo para todos, apostando por la valoración de la vida, por la libre decisión sobre el propio cuerpo y los afectos, por la dignidad de cada ciudadano, invirtiendo en la salud y la potencialidad de cada uno, atendiendo a lo común en la diversidad, protegiendo la libertad, los derechos humanos, el acceso a la justicia y apostando por la sustentabilidad, avanzar a un estadio de mayor justicia, equidad y prosperidad.

Sin embargo no todos están de acuerdo en ello ni en la vía, debemos reconocerlo, aceptarlo y confrontarlo, de cierta forma, lo que está en disputa son los principios a partir de los que se define quién debe formar parte de la comunidad que cuenta -a sus diversos niveles: local, nacional y humanidad-.

Nuestros regímenes políticos son democracias frágiles en sociedades fracturadas en las que el discurso democrático se utiliza tanto para incluir como para justificar la exclusión, después de todo hoy todos somos democráticos, pero qué queda de ella tras la marca (Brown, 2011), tras el emblema (Badiou, 2011), es lo que está en cuestión. Así, las maneras de pensar a la democracia y dotarla de contenido también importan al momento de ponerla a funcionar.

El momento que vivimos es un momento para transitar de la política hacia lo político, es decir dar paso de la centralidad de lo electoral y la administración de lo cotidiano hacia la transformación de las relaciones al interior de las sociedades. En este sentido, es altamente significativa la demanda expresada en algunas de las manifestaciones sociales recientes: dignidad. Porque nos remite a las condiciones de vida, a la vivencia y a las posibilidades del buen vivir,  que bajo los contextos tanto políticos como económicos están puestas en entredicho, tanto por la limitación en el acceso a bienes públicos básicos como de aquellos otros que pueden hacernos mejores personas, mejores ciudadanos -educación, ciencia, humanidades, arte- e incidir en mejor convivencia social.

El modelo político y el modelo económico que se han seguido en América Latina debe ser puesto a discusión de inmediato, teniendo claridad en que debe ser el cuidado a las personas, su potencialidad, y el cuidado de nuestro entorno natural, bajo un claro compromiso intergeneracional, lo que se debe privilegiar.

Una nueva década nos aguarda, con la promesa de tiempos agitados y nuevas oportunidades para reconstruir nuestras sociedades, pero es claro que América Latina no podrá avanzar hacia un mejor futuro mientras sigamos paseando en los bordes de la democracia con sociedades altamente fracturadas a su interior y con elites gobernantes poco dispuestas a escuchar más que su propia voz y el eco que esta produce. Por esa vía seguiremos  volviendo recurrentemente, más allá de este 2019, a la crisis de las democracias en América Latina.

 

Algunas partes de este post son un extracto de la conclusión del libro próximo a salir: Democracias en sociedades fracturadas. Herencias y límites de los regímenes políticos en América Latina. COLSAN. 2020.

 

Javier Contreras Alcántara es profesor investigador en el Programa de Estudios Políticos e Internacionales de El Colegio de San Luis.

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Referencias:

Badiou, A. “The democratic emblem” en G. Agamben et.al., Democracy in what state? USA: Columbia University Press. 6-15.

Brown, W. (2011). “We are all democrats now…”, en G. Agamben et.al., Democracy in what state? USA: Columbia University Press. 44-57.

Mainwaring, S., O’Donnell, G. y Valenzuela, S. (1991). (comps.), Issues in Democratic Consolidation. Notre Dame: University of Notre Dame Press.

Munck, G. (2015). Building Democracy… Which Democracy? Ideology and Models of Democracy in Post-Transition Latin American. Government and Opposition 50(3), 364-393.

O’Donnell G. y Schmitter P. (1994). Transiciones desde un gobierno autoritario 4. Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas. España: Paidós.

Plattner, M. F. (2019). Illiberal Democracy and the Struggle on the Right. Journal of Democracy (1), 5-19.

Zaakaria, F. (1997). The rise of illiberal democracy. Foreign Affairs 76(6), 22-43.

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